Foto: A. Luna Reconstruir la experiencia implica despersonalizarla. Lo que entonces fue mío pertenece ahora a todos y a ninguno, a un potencial lector que hará abstracción del envoltorio figurativo de la anécdota para extraer de ella lo que contenga de universal. (Jon Juaristi) En muchas ocasiones se intenta identificar al personaje que habla en mis poemas, como el narrador de capítulos de una biografía, pero solo es un personaje, que en unas ocasiones me sirve para expresar mis sueños y mis más profundas contradicciones diluidas en una esencia vital, con la que a menudo me fundo a la hora de escribir, y otras, me observa desde una prudente distancia.
No hay una referencia directa a hechos concretos de mi vida, de no ser así, no habría diferencia entre el hombre y el sujeto esencialmente lingüístico que asume el producto creado.
No obstante, sería absurdo decir que el reajuste de una forma poética de ficción, no venga dado por las propias experiencias, dándoles un sentido lato cuando se trata de capitulaciones amatorias que se objetivizan en el poema por medio de un perspectivismo sentimental. Es de este modo como creo que se pueden establecer las condiciones necesarias, para que el lector pueda recrear estéticamente el poema.
No negare que esto es una de las muchas formas de entender la poesía. En absoluto pretende tener ninguna validez pedagógica, pero si intentar explicar cómo me valgo de ella, para intentar transmitir un placer estético sin un significado objetivamente verificable, que no por ello deja de recopilar a través de la propia poesía, un pedacito de anecdotario de la propia vida en cada uno de los poemas, recreando una sustancia vital en la ficcionalización del yo, que me previene justamente así de una “falacia biográfica”.
José-Carlo Mainer a propósito del personaje verbal de los poemas de Luis Garcia Montero, argumentaba que decir “yo” en literatura no supone enunciar “una entidad reconocible y enteriza”, sino mas bien “una topografía borrosa”.
Peñiscola, agosto 2004. A. Luna Es facil escribir a la mujer que amas,... A. Iravedra.
Lucía, como dulce ternura adherida a la saliva de un beso ilusoriamente retenido.
Tu nombre sosteniendo un cuerpo entre dos, hacedor de un mundo que fluye de mi mismo y, en la desnudez de sus letras, se airea la hermosura de saberte con un nombre que oferta el peso del amor, que tu cuerpo deposita entre mis brazos.
Las manos dibujan resueltas sobre las formas de la piel, insinuando un leve temblor sobre la esperanza del aire, al ritmo de furtivos relojes de invierno que marcan las horas quietas. Sus péndulos hilvanan el baile de tu nombre, al dobladillo que al invierno le roban todas las primaveras. Es hermoso contemplarla vestida con un nombre que deja sentir la caída de las hojas secas al otro lado del cristal, como plumas blancas sobre las páginas del pasado.
Lucía me sangra entre los labios. Ni sus ojos negros, ni su pelo, ni mi verdad que guarda su boca, responden si la llamo por su nombre.
Allí donde te has ido, no puedo imaginar que nadie te llame con un nombre en el que mi vida sigue estacionada entre sus letras, como las aves que saben del cansancio que sobre las alas imprimen los regresos hacia las cosas quietas, mientras sostengo en el hueco de una mano la palabra con la que arde la lumbre, en la transparencia de un nombre entregado.
Sobre la terquedad de tu nombre, se alinean las letras al borde de lo que duele constantemente a la certidumbre del olvido y, sin embargo, me apremia la negación de la hermosura que ya no responde cuando la llamo, ni duelen las letras si atraviesan la fundación de la voz, cayendo sobre un reino en el que enmudecen.
Ahora, aunque sigo llamándote con ilusoria constancia, eres tú quien permanece en mi memoria en una extraña soledad sin nombre, de la que rescatarte es vano cuando gritas que sigues esperándome.
"Como una palabra en fuga que se hubiese detenido desnuda para entregar sus ropas a nuestro deseo y le dijera: -No soy el amor."
Vladimir Holan. Una vez más, a las puertas del aire que avienta de tus labios la ceniza de mi nombre, el mismo aire que en un suspiro, la boca fue incapaz de premeditar la cerrazón del alma, y de su boca a mis labios carmín que pintaba de amapolas el aire; ¡alma del aire! corazón del trigo sobre las enfrentadas caras de la muela de pedernal, que en su derrota, asume la victoria del pan sobre la mesa, venciendo un hambre antigua que obra desde su luz una distancia intima, reconocible solo entre la harina y el agua.
Brazos en cruz comulgan con la vela mayor del viento en detenido instante sobre el tacto de las horas, con un leve roce de eternidad limitada.
Vencidas edades portuarias van cayendo entre los ojos y el repunte de un sueño. Alma del aire conversa con la arena sobre el color de las amapolas, mientras las olas, de retirada, susurran sonidos de carolas insomnes que citan gaviotas, y peinan futuros sobre los espejos del agua.
Las palabras, tal vez insistan en airear inviernos en un espacio de sombras, cuando la metáfora del tiempo se desvanezca en la boca del aire y un escarchado suspiro de amor, caiga sobre las rejas que pintan de incertidumbre las aceras del alba.
Mañana, cuando el trigo ondule su tallo sobre la parsimonia de los días iguales, las amapolas -almas del aire- sangraran labios rojos sobre los cristales de alma una vez mas, a las puertas del aire.