
Dulce melancolía que enciende
la luz del mar, que se proyectaba
como una beldad al doblar el faro.
En este lenguaje comprimido,
esta la esencia de las perdidas
que se desvanecen sobre las muescas
que los ojos dejaron pintadas con tiza,
en el lienzo blanco de una chalupa.
La niñez sin misericordia, disgrega
las partículas de los juegos
en las escarpadas calles que iban
a parar al mar, estrechas y largas,
atadas a un cabo de la inocencia:
pelotas que dejaron de botar al doblar
la esquina del viejo pinar, el olor a domingo
en el pelo de una muchacha, la viruta
del lapicero recién afilado y la goma
de borrar tristezas de amistad.
Un sol tullido y viejo llora lágrimas
rojas, mientras se oculta tras el horizonte
mágico de los cuentos.
Nada consuela la ignorancia del motivo
de la perdida, ni el dolor que se oculta
tras las cañas, cuando los niños
se despiden del mar.
Tu muñeca, mi arsenal de lápices decolores,
las mañanas de abril y las flores,
la conmiseración del cielo, que separaba
tu puerta de la mía y una canción.
Mi pueblo era una mujer con nombre
de santo varón, un caminar bajo mis pies.
La niñez: una palabra sobre un cono de helado,
que degustaba cada verano a las tres.
14/junio/2007