
Amanece temprano en los tugurios
donde se sirven intermitentemente
delicias que ensañan la virtud, mientras
se vierten amores en las botellas
adyacentes; destiladoras de mensajes
que nunca nadie los rescatara del mar.
Un alma de blues corre las cortinas
de la desesperanza, entre bambalinas
de humo rompe los acordes de la ruidosa
negación del silencio, cuando aun es temprano,
para beber todavía hasta tan tarde.
Un viejo se sienta trabajosamente sobre
el taburete, mientras de una acústica asimétrica
unos dedos sin historia le arranca al piano
un mi complaciente, impregnado en alcohol
que va acariciando entre algodones pabellones auditivos.
El alma de blues incendia con sus notas
los espacios acuciantes sobre el péndulo
de la melancolía, potenciando los acordes
sobre los dividendos que el alcohol adeuda
al cuerpo, en falsa cuartada de complicidad
penitente de amor y albedrío.
No es Paris quien arde ni ha amanecido
todavía, ni el anillo dorado que deja el pequeño
vaso sobre la mesa, usufructo de plenitud
que circundara nunca dedo alguno.
Lagrimas de blues; alucinatoria nitidez
de media noche martillea el rigor de un piano,
y sobre el embeleso de sus acordes, se derrama
un cerumen litúrgico que resbala como plomo
negro cuestas abajo, cotejando las mejillas.
Lagrimas del blues, olvidar lo no aprendido.