La consciencia se ha dormido
en lo que queda de noche,
próxima a una nueva forma de soledad.

La luna posa sus estrías sobre
lo que queda de la noche. Azulean
las esquinas con el vapor del calor
que alivio la lluvia de la tarde,
en la aldaba regia de un prometedor agosto.
Un hombre camina sobre la luz
de sus óxidos, sin tiempo, disperso
apenas entre la brisa del mar y una
vieja canción, sin mas vida que la memoria;
recuerdos superpuestos en otra forma
de tiempo que acercan a la indolencia,
¿Qué nombre de mujer? Sucinto amor,
¿Qué música por venir en esta oscura
claridad, que no hiere la verdad,
ni siquiera la que no fue?
Asiste solo al día y a la luz
que condiciona el tiempo a la armonía,
al paritorio donde los sueños se ocultan
tras su huella por no desvanecerse,
y la compara con la noche, en lo mas profundo
rechaza el manto tenue de la muerte, resortes
libres del pensamiento: agravios, inquietudes,
vilezas refulgentes que el mundo no equilibra,
todo nombres sin nadie que se revelan
en el aire y no aciertan los recuerdos.
La noche estimula la nostalgia
ante el reflejo de la luna esplendente.
¿Es esta extraña sensación al despuntar
el día, regresar de la soledad, sin saber
de que forma, ni cual es el camino?