
Anchas calles sostienen tu memoria
entre tanto mar y tu ultima morada.
Soy el que huye tímidamente del cauce
de la derrota, en silencio, esperando encontrar
tu voz sobre la arena que sostuvo tus últimos
versos, esa misma arena que no espera
ya que nada vuelva a ser constante,
ni siquiera la tristeza que el frió mármol
contagia de certeza, a la mano que no puede
acariciar tu frente.
Tibios son los caminos de las cosas pequeñas,
y sin embargo sigo sintiendo tu presencia,
en este espacio que se interpone entre
lo que escribo y lo que siento, nada
nuevo que no sepáis el mar y tu.
En la concavidad de tu ausencia
se trama el fuego de los recuerdos;
confesiones que la noche hizo al mar
sobre los sentimientos de los poetas.
Ellos dibujan los desvanecimientos
de las primaveras azules, sobre las astas
blancas que empujan al temporal.
En Colliure arrodille la fe, en ese rincón
de oro donde resplandece el sol
a través de tu ventana, y sobre las hojas
perennes de los pinos, tendí este amor
atemporal y perpetuo que declina tu nombre
bajo la plenitud intermitente del faro,
el dispersa la luz como partículas de vida,
sobre los óxidos que determinan el justo
lugar, donde la vida abraza a la muerte.
"Estos días azules y este sol de la infancia"
aseguran ser lo mismo vivir y haber vivido.